Estábamos en lo más alto de la estructura. Sentado ahí, me decía que me quería, sentado ahí me decía que ya nada importaba, que todo estaba bien. Yo estaba preocupado, era un adiós sin aviso, pero se entendía.
Como una señal que no llega a explicar del todo su significado, algo más primitivo que la palabra, pero que uno automáticamente entiende su definición.
Me estaba llamando pero miré hacia el cielo. Siguió llamándome y finalmente fui a abrazarlo. Me dijo "te quiero", sentado desde su reposera color verde, devolví el gesto con un "yo también, te quiero", los dos sonreímos.
El Sol, claro y deslumbrante, brillaba sobre su cabeza. Sus ojos estaban llenos de pureza.
Tras un tiempo de silencio calmo y celestial, logro observar que detrás de él, nos observaba un señor... callado, pero asintiendo con una sonrisa.
Sigue el silencio, el brillo en su calva, el destello en sus ojos. Continuó un consejo que recuerdo bien, me dijo "el único miedo a vencer, es el miedo al amor". Lo abracé fuerte y miré hacia el Sol. Rayos, miles, se desprendían de una gran bola incandescente, repentinamente, una parvada de gaviotas estaban volando en el cielo. Era como un disparo de aves en medio de la ciudad. Sólo pude observar a una, mis ojos no dejaban de seguirla, parecía moverse en cámara lenta, pero nunca se retrasaba. ¿Por qué no pude dejar de mirar esa gaviota?, estaba impactado, esa gaviota no tenía nada que la diferencie del resto, pero yo estaba ahí, quieto, mirándola fijamente.
Él, seguía sentado en la reposera, apoyando sus brazos sobre sus piernas como si nada le importara. Su cara reflejaba una sensación de eterna serenidad, gestos plácidos contemplaban la luz. Luz que se hacía cada vez mas fuerte, más cálida.
Mirando la gaviota lentamente, separándola del resto, con esa fuerte actividad solar de fondo, me di cuenta.. él, estaba muriendo.
Mi corazón empezó a latir muy fuerte, como si yo fuese una porción de su cuerpo (en parte lo era). Latía, cada vez más y más fuerte.. no quería que se vaya, pero no podía hacer nada.
Se fue.
Mi corazón comenzó a latir lentamente, con esa placidez que él había reflejado segundos antes de partir. Entendí todo.
Nos estábamos despidiendo.