La rareza invade la inquietud de ánimo sin sosiego alguno, sin rincones claros e intenciones desoladas pero siempre con personas en medio de todo; un todo que lleva finitamente a un valor dual social-antisocial, humano o descorazonado.
La rareza de la lucha mental-sentimental y la variedad de personas a conocer, a saberse como conocidas y a no terminar de conocer jamás, nunca. El temor de hacer mal en donde no hay maldad y las ganas de mejorarlo todo; aislarse. Pensar.
La constante rivalidad de cabeza-corazón, el simple deseo que termina siendo el más exagerado de los anhelos, la respuesta es antisocial si estoy solo. La respuesta es social si estoy solo. No es ajeno ni es mío, es un todo. ¿Qué tan abarcativo-relativo es el valor absoluto?, ¿cuántas mentes sienten?, ¿cuántos corazones piensan?.
A la rareza que invade le cuesta iluminar, pero cuando lo hace es una luz extraña que da a conocer nuevos rumbos. Dan ganas de pedir perdón, dan ganas de retroceder, dan ganas de seguir adelante. Lo raro ya pasó, está pasando y va a seguir pasando porque nada es claro. La nada es oscura. La mente es oscura y al corazón nada puede hacerlo retroceder.