Ahí estabas vos, mirando sin saber qué mirar y tentado con cosas que no sabías que iban a pasar. La ropa se derretía si mirabas al cielo. Nunca miraste al cielo (pensé).
De anécdotas distraídas y de agua bendita; de anillos en la piel y de narices frías.
Ya no me escuchabas más. Se ahogan los ojos, se instalan en el cielo: no vuelven.
Encierros en el entorno y envoltorios desenvueltos. Se destacó la ausencia, se reanimó lo agudo y se restauró lo puro.